domingo, 5 de julio de 2009

Doce horas de autenticidad

Ayer pasé un día muy intenso. Llegué con Pedro Ruiz al Hotel Wellington de Madrid a las once aproximadamente, y volví a mi casa las tres y media. Hoy me he levantado a la una de la tarde, con una sensación tremenda de resaca, como si me hubiera bebido ocho copas, y por supuesto no bebí nada.
Tuve la suerte de asistir en primera persona a la realización del programa Doce horas sin piedad que tenía como protagonista a mi amigo Pedro Ruiz. Vi los preparativos y luego todo el programa, desde la sala VIP en una gran pantalla con buena parte de los invitados que entraron a hacerle preguntas a Pedro Ruiz.
La televisión es un gran invento, lleno de complejidades, con sus virtudes y sus defectos, pero con un potencial enorme para llegar a todo el mundo. Llegué a la conclusión de que no era mi medio, de que podría ir alguna vez a hacer alguna entrevista, o colaborar, pero no trabajar en él, aunque nunca se sabe. Un libro o un artículo no se parecen mucho a la televisión, aunque siempre funcionan las palabras y de lo que se trata es de comunicar.
Para que algo llegue a las casas de todo el mundo, tiene que haber un núcleo lleno de cables, de gentes, de problemas resueltos en segundos, de trajín. La televisión, vista desde dentro es más admirable si cabe, pero también, como todo lo que se ve desde muy cerca, muestra sus debilidades.
Me gustó la profesionalidad de la gente de Veo 7, su simpatía y cercanía, y por supuesto la de Pedro Ruiz. Yo ya lo conocía en privado, pero ayer le vi trabajando, y para todo el mundo tenía una sonrisa o una palabra de ánimo.
Doce horas sin piedad fue un espectáculo, un show, una “machada”, como le dijo una invitada a Pedro Ruiz, pero también fue algo más. En algunos momentos yo tenía la sensación de que era una reunión de amigos, Pedro y sus amigos, y hubo momentos, muchos, en que el protagonista se emocionó. La cámara capta esto muy bien.
Trascendencia, humor, sexo, diversión, ingenio… aguantar doce horas y hacerlo de forma amena tiene mérito. A mí me parece que a Pedro le costó menos trabajo de lo que todos allí pensaban. Tiene mucha vida detrás, mucho bagaje, es un maestro de la comunicación en muchos escenarios, y como dijo al salir, está “el teatro”. Él es un hombre de teatro y eso te da muchas tablas, muchos registros. Cambiaba de registro constantemente y sabía muy bien contestar las preguntas, diciendo lo que quería decir, siempre, según me pareció a mí.
No vi mucha diferencia entre el Pedro Ruiz privado y el Pedro Ruiz de la televisión, lo que creo que pocos saben.
Fue una jornada agotadora, también para los que asistimos a ella entera, sin tener que contestar continuamente preguntas para batir el récord de entrevista del Guinnes, doce horas seguidas. Pero las horas se me pasaron rápido, viendo en la pantalla lo que sucedía dentro del plató y hablando con los invitados y los profesionales de Veo.
El aire era de glamour y Truman Capote, por los grandes personajes, por el escenario, el Wellington, y la entrada un poco de Oscar, con espectaculares Jaguar y sesión de fotos al entrar en el hotel. No sólo había gente famosa allí; había gente importante en sus profesiones, verdaderos hitos, como Raúl del Pozo o José María García, gente mayor y gente joven, modelos, escritores y actores.
Una persona como yo, lo pensé entonces, estaba un poco fuera de lugar. Con mi maletín del ordenador, mi grabadora, mi libreta de notas, los ojos y los oídos bien abiertos. Pensé que un escritor difícilmente tiene sitio en la televisión, pero también comprendí que la tele difunde la palabra, que la imagen puede resaltar la palabra, y la palabra puede llenar de dignidad la imagen. Que la televisión multiplica el alcance, incluso las figuras de las personas, pero que son las personas las que hacen grande al medio, y para agrandar hay que tener algo grande que agrandar.
Yo no soy objetivo al hablar de lo que sucedió ayer porque Pedro es amigo mío, pero uno siempre tiene sensaciones, también de las cosas que hacen los amigos, o nuestros padres y hermanos. No hay datos de audiencia hasta el lunes, pero la sensación que yo tuve en la sala de televisión, en los pasillos, viendo, hablando y escuchando, es que aquello estaba funcionando.
Ha empezado una etapa nueva en televisión con la TDT. Tenemos una oportunidad de oro para utilizar mejor ese instrumento especializadísimo y masivo de la televisión, para informar mejor a la gente, para entretenerla mejor, para enseñarla mejor, para hacerla mejor. Ojalá no perdamos esta oportunidad, con todo lo malo que vendrá, porque somos humanos.
Hoy he hablado por teléfono con Pedro Ruiz. Le pregunté si ayer se calló algo y me dijo que no, que contestó a todo, y que si se calló algo fue por discreción. Los dos creemos, y más gente allí lo creía, que podría haberse tirado más horas de entrevista.
Lo de ayer puede ser un buen exponente de la televisión que nos llega: más original e imaginativa, más flexible y más libre. Por supuesto que el medio tiene unos imperativos, y yo los vi; también tiene sus miserias, pero como las tiene la literatura. Los hombres somos bipolares, y lo mejor y lo peor se entrelazan.
Ayer vi cómo una gran maquinaria se ponía en marcha para crear el programa más largo y complejo que había visto en mi vida. Tuve la oportunidad de conocer a gente interesante –a algunos de ellos los admiro- y para reencontrarme con otros que ya conocía.
Vi a Pedro Ruiz hacer el pino cuando terminó el programa, y me asusté porque pensé que se había hecho daño. Estaba contento, pero le quitaba importancia. Pedro da importancia a lo que realmente la tiene, a lo que tenemos todos los días pero no valoramos lo suficiente, hasta que lo perdemos.
Le dedicó el programa a una persona muy amada, que sigue con él, pero de otra manera.

sábado, 4 de julio de 2009

Cambiar

Estoy preparando con mucha ilusión un curso para el máster IMBA del Instituto de Empresa. El curso se llama “El valor de la palabra: escrita y hablada”, y es una llamada de atención a la importancia de la palabra en todas las esferas de la vida. Quiero enseñar a hablar y escribir mejor en todos los contextos: discursos, conferencias, conversaciones normales, conversaciones por teléfono, escritura de artículos, correos electrónicos, libros.
Quiero coger la Retórica, sobre todo su idea y esencia, y modernizarla humildemente, hacerla más flexible para la vida de hoy. He leído muchos libros y sigo leyéndolos, pero hay una frase de uno que estoy leyendo que me ha llamado mucho la atención. El libro es Leer, escribir, hablar, y su autor es Roberto Gª Carbonell, un maestro en estos menesteres.
La frase es tan sencilla como esto: “No tratemos de cambiar a nadie, sólo a nosotros mismos.” Me ha hecho pensar, y más que pensar, me ha parado, he tomado conciencia. No es que yo vaya por ahí queriendo cambiar a los demás, aunque desde que soy profesor quiero que mis alumnos estén mejor formados en lo que les enseño, y a ser posible que adquieran un poco del espíritu humanístico, tan necesario, tan olvidado. Es cierto que muchas veces quiero convencer a los demás de mis opiniones o ideas, algo esencial en la Retórica, pero puedo decir que no quiero cambiar a nadie. Me conformo con que me dejen tranquilo para leer, escribir, meditar y equivocarme una y mil veces, tratando de corregirme una y mil veces. Me conformo con que me dejen tranquilo, es curioso, para cambiar, para ser mejor.
Pero yo no estoy solo en el mundo y amo la sociedad.
Tengo comprobado que la voluntad hace milagros, y que si nos empeñamos en hacer algo, en conseguir algo, si nos esforzamos todo lo posible y necesario acabamos obteniendo nuestro premio, el logro. La frase de Carbonell cambia el foco hacia lo que parece consabido, “cambiar al otro”, “convencer al otro”, seguros como parece que estamos que lo nuestro es lo mejor, tantas veces, llevando ese foco hacia uno mismo, hacia nosotros. Debemos cambiarnos a nosotros mismos.
Sé que muchas de las cosas que no nos gustan, esas cargas que arrastramos día y noche por buena parte de nuestra vida, tienen solución, pero necesitan esfuerzo. Primero ver el problema, segundo, deseo de solucionarlo, tercero, ilusión por cambiar, cuarto –central-, voluntad para cambiar, y quinto esfuerzo continuado. Esto lo hacemos muy a menudo en el trabajo y no veo por qué no lo vamos a llevar a otras esferas de nuestra vida.
Lo hemos hecho algunas veces, y conocemos gente que lo ha hecho. Simplemente es saber con claridad lo que uno quiere y hacerlo. Pero para eso se necesita una continuidad, un trabajo en nosotros mismos enorme. Es como si nos impusiéramos unos “trabajos forzados”, con la diferencia de que el fruto que nos van a dar es una gran satisfacción y un cambio en nuestra vida, mayor o menor sea lo que hayamos decidido cambiar. Y hay “trabajos forzados” maravillosos.
Con los defectos pasa esto. Muchos defectos se tornan en virtudes si los cultivamos, y ese mismo cultivo puede ser placentero. Hay personas que no se conforman con lo que son y quieren ser más, mejores. Aprenden idiomas, viajan, estudian sin parar, se esmeran por ser cada vez mejores profesionales. O mejores esposos, mejores padres, novios, amantes, hijos. Tantas cosas.
Me gustó esa frase en el libro de Carbonell porque no la esperaba, igual que no esperaba otras cosas de ese libro. Yo era tartamudo cuando era niño. Mi madre me llevó a un logopeda y me enseñó muchas cosas que entonces no di mucha importancia –me parecía aburridísimo tener que ir a las consultas-, y que con el tiempo me ayudaron, me ayudan mucho. No paré de tartamudear, ni siquiera en la adolescencia, incluso fue más allá. Pero por una cosa u otra, con el tiempo, dejé de tartamudear. Estoy seguro de que hubo muchos factores, y algunos se me escapan, pero también estoy seguro de que me ayudó a dejar de tartamudear todo lo que he leído, todo lo que he escrito –escribir ayuda a todo, también a hablar mejor-, y todas las veces que he tenido que hablar en público, en la carrera, después de la Universidad, presentando mis libros y en mis clases y conferencias.
No dejo de sorprenderme, y sé que a mi madre le enorgullece –ella es la que tiene el gran mérito en esto-, que un niño tartamudo acabe impartiendo un curso en un máster sobre cómo hablar y escribir mejor en todas las esferas de la vida. Esto me da más responsabilidad, porque lo tengo que hacer muy bien, pero esta gran satisfacción ya no me la puede quitar nadie.
Nunca pensé que iba a dejar de tartamudear. Era muy incómodo, me aislaba mucho de los demás, pero precisamente con la ayuda de los demás, tantas veces, me manejaba. No era uno de esos defectos, esos cambios de los que hablo aquí, porque yo pensaba que no lo podía cambiar. Mi madre sí creyó que podía, y sobre todo estaba dispuesto a hacer lo que estaba en su mano por cambiarlo, por ayudar a que cambiara.
Ahora disfruto poniendo en práctica siempre que puedo, aunque sea la más mínima conversación de sobremesa o unas pocas palabras por teléfono, lo que voy aprendiendo para “El valor de la palabra”. Uno nunca sabe tanto que no deje de aprender, y yo tengo 33 años.
Animo a todos los que me están leyendo a que localicen aquello que quieren cambiar, y se pongan con ello. Si les merece la pena, que se esfuercen, que luchen y que cambien. Puede ser un trabajo penoso, lleno de disciplina, pero también disfrutarán en el camino. Hay tantas cosas que nos molestan y que se pueden cambiar con mucho menos esfuerzo de lo que pensamos.
Procuro no olvidar nunca que el timón de nuestra vida, por muchas circunstancias que nos rodean, lo llevamos nosotros.
El emperador Marco Aurelio, al que tanto admiro, decía en sus Meditaciones: “Si quieres hacer algo, hazlo ya, no esperes a la otra vida.” ¿Quién sabe si habrá otra vida? ¿Quién sabe si en la otra vida nos importará ya todo esto? Hay que ponerse y hacerlo. El ser humano tiene una fuerza muy superior a lo que cree, a lo que sueña. Pero hay que movilizarla. Y si no podemos, pues no podemos. También hay que saber dónde están los límites. Pero los límites, en mi experiencia, son flexibles, los vamos expandiendo a medida que vivimos, que avanzamos.
Ánimo.

viernes, 3 de julio de 2009

Hechos y sueños del Cid

Se educó con los príncipes, con los que luego compartiría poder y conflictos. Fue muy amigo de Sancho, de Alfonso, de García y de las infantas, doña Urraca y doña Elvira. Nos los tenemos que imaginar asistiendo a clases juntos, las lecciones del latín y más delante de Derecho, de Historia… todo lo que conectaba el pasado con el presente, la complicada política de la época.
Estamos a mediados del siglo XI. Don Fernando había heredado sus posesiones de su padre Don Sancho de Navarra, unificador de Reinos. Don Fernando, al morir, dividió su tierra en tres: Castilla para Sancho, León para Alfonso y Galicia para García, un rey que moriría encadenado por la codicia de sus hermanos…
Toda la historia del Cid está teñida por la leyenda. Él mismo es leyenda, porque ya en vida lo fue. A las palabras pueden seguirle los hechos, pero es claro que a los hechos siguen las palabras, y ése era el trabajo de los juglares. El Cid hoy, vivo, joven, sería protagonista de los cuchicheos de sus vecinos y, más tarde, de las tertulias de la radio y los debates de televisión. Todo esto es nuestra moderna juglaría.
Rodrigo Díaz de Vivar, Ruy Díaz, corría en boca de los juglares que cantaban sus hazañas, de plaza en plaza y de pueblo en pueblo. Fletcher, uno de sus biógrafos, dice que jamás sabremos cómo fue, y nos han quedado pocos, pequeños, retazos ciertos de su presencia como mimbres que hay que unir con sumo cuidado.
Es polémico. Siempre lo fue. Se ha dicho que era un puro “señor de la guerra”, un condotiero, mercenario sin escrúpulos, que codició el poder y los tesoros… que pactó con los moros, a veces, aparentemente, en contra de su señor, pero los resultados nos demuestran que todo aquello formó parte de una empresa colectiva de la que él fue cabeza y líder.
El prestigioso medievalista Alan Deyermond le dijo a Juan Cruz en una entrevista que el Cid, hoy, sería presidente del gobierno. Esto encaja muy bien con su política de servicio al rey, bajo cuyo mandato se somete y rebela según las circunstancias, siempre sirviendo lo que él cree que es el bien de esa España que aún no había nacido pero que él, por sus hechos, vislumbra.


Eduardo Martínez-Rico

El Valle de Oro

Recuerdo el Valle
De Oro
En que nos presentaron,
Selva,
Y cómo
Parecías no entender
Lo que te decía,
Pero sí sentir
Conmigo
El espíritu
Del Valle.

Aquella noche
Que nos bañamos
Juntos
Sonreímos
Al mundo,
Entre abanicos
De agua.
Yo no entendía
Tu lengua,
Ni tú la mía
Pero una corriente
De deseo y simpatía
Nos abrazaba.
Lentamente
Te enseñé
Mis palabras,
Paladeando
Tu ingenuidad,
Tu vida,
El futuro
De tus ojos.

Hoy hemos cumplido
Juntos
Cincuenta años.
¿Cómo no recordar
Ahora que ya no estás
Aquel Valle
De Oro?


Eduardo Martínez-Rico

jueves, 2 de julio de 2009

Presidente

El Presidente se quedó dormido sobre la mesa de su despacho. Estaba llena de papeles, compromisos, viajes, discursos… Sonó el teléfono dos veces, pero el Presidente no se despertó.
Soñaba que perdía las elecciones y que se reencontraba con aquella novia que todos tuvimos cuando éramos muy jóvenes, y que no salió bien, quizá porque era demasiado pronto. Soñó que recibía la noticia en la sede de su partido, junto a todos sus colaboradores, con frialdad, con tranquilidad, casi con alegría. Llevaba ocho años en el cargo, y había sido más que suficiente para colmar sus ansias de poder y de vanidad, sobre todo de vanidad.
Soñó que unas semanas después de recibir la noticia de que dejaría de ser presidente, llamaba a esa mujer y concertaba con ella una cita. Su vida había discurrido por los cauces normales de cualquier persona. Se había casado, tenía dos hijos, un trabajo estable, muchos problemas pero ninguno irresoluble. Él también se había casado y tenía hijos, tres, pero la política había destrozado su vida. La pasión que había sentido por los asuntos públicos, por subir en el escalafón, por llegar a ser presidente, había deteriorado poco a poco su vida familiar. Su mujer le había amenazado varias veces diciéndole: “O la política o yo”. Y él había conseguido calmarla también varias veces, pero al final había ganado la política, y ella lo había dejado, con hijos y todos. Le costó mucho convencer a sus votantes que sería mejor presidente que marido o padre. Pero hasta eso lo consiguió.
El sueño mezclaba hábilmente la realidad con la ficción, y como se basaba en la realidad del pasado era de lo más verosímil.
Ahora era demasiado tarde para recuperar a su mujer. Ahora que había conseguido despegarse del poder, de los teléfonos, de los asesores… ya no conseguiría recuperar a su mujer y a sus hijos. O al menos había perdido una época preciosa de sus vidas, porque estaba claro que sus hijos seguían siendo sus hijos, y su mujer no había querido divorciarse de él. Quizá tenía más valor ser la esposa del presidente, que la ex del presidente.
Pero ella lo llamó. No era infrecuente recibir llamadas de antiguos compañeros, o compañeras, del colegio, de la Universidad… o de esos amigos que van apareciendo y que también van desapareciendo. Pero cuando una ex novia llama, por muy antigua que sea, es por algo más. A él le hizo mucha ilusión.
La propaganda electoral siempre lo vendía como un hombre firme, sereno, muy seguro de sí mismo, pero la verdad es que era muy inestable. Aquello también era atractivo. Aunque sus electores no lo supieran, eso iba a su favor, se transparentaba en sus palabras y actitudes, y le daban un aire más atractivo. Igual le pasaba con las mujeres. Siempre lo ocurrió, una extraña mezcla de desvalimiento y fortaleza.
Quedaron a tomar un café en una terraza, y ella no dejaba de hacerle preguntas. Al fin y al cabo, decía, el que tenía cosas que contar era él. Su vida había sido muy normal, mientras que él había sido presidente del gobierno durante ocho años.
En el sueño, esa etapa de su vida lo había hecho madurar mucho. Ante aquella ex novia, él no podía decir más que el poder era un espejismo, pero muy peligroso, muy capaz de destruir al más fuerte, y él no era tan fuerte. Que lo mejor era dejarlo a tiempo, y que había que decirse todas las mañanas que no era más que un servidor de su país, y que lo que hacía estaba muy por encima de él.
Ella estaba fascinada ante aquel personaje de su adolescencia que se había convertido en uno de los hombres más importantes del país. En su día se enamoró de él, y ahora comprendía que lo que sentía era más fuerte que el amor. Estaba prendada de la yuxtaposición entre el chico al que amó, y que le hizo tantas putadas, y aquel hombre responsable, de vuelta de todo, de vuelta del poder, que es como decir de vuelta del infierno. O al menos así se lo explicaba él.
Cuando llegó la hora de pagar los cafés, él insistió en pagarlos:
-Me hubiera gustado invitarte a la Moncloa –dijo-, pero no sé si mi mujer lo hubiera comprendido.
Era una mentira, pequeña, que quedaba bien. No la hubiera invitado a la Moncloa, porque este encuentro no se habría producido. Eso sí, si ella lo hubiera llamado entonces sí que la habría invitado al Palacio, le gustara o no le gustara a su mujer. Y él pensaba que no le hubiera importado. Las dificultades continuas que tuvo con su esposa iban más allá de los celos. Estaba todo tan estropeado que eso era lo que menos importaba.
-¿Y qué vas a hacer ahora? –le preguntó ella.
“Ahora” significaba “ahora que has dejado la política”.
-Escribiré mis memorias y me dedicaré a dar conferencias por el mundo. Tengo muchas ofertas. Además hay actividades que se desprenden de ser ex Presidente del Gobierno. Formaré parte del Consejo de Estado y trabajaré en una oficina, con secretaria, chófer, ayudante… Sigo siendo un hombre importante –y le guiñó el ojo-. Pero ya he dejado el Congreso, no seré más diputado, voy a mirar la política como un espectador… Quiero dedicarle más tiempo a la Cultura. ¿Te acuerdas que quería ser escritor? Me apetece viajar, pero de una manera muy distinta a como lo he hecho. Quiero ver cosas, mezclarme con la gente, ver lo que no te enseñan cuando eras presidente del Gobierno. Colaboraré en prensa y diré lo que la gente no espera que diga un ex Presidente del Gobierno.
-¿Qué dirás entonces?
-Contaré, por ejemplo, este encuentro que hemos tenido, si no te importa a ti.
-¿Por qué me iba a importar? –sonrió ella coqueta-. Ya estaba acostumbrada cuando éramos novios a que escribieras sobre mí. ¿Te acuerdas?
-Claro que me acuerdo. ¿Quién me iba a decir que iba a acabar en lo que soy?
-Sí, ¿quién lo iba a decir?
Y entonces ella se sumergió en un mar de pensamientos. El móvil de él sonó, y era su chófer: el coche estaba preparado, tenía un compromiso a esa hora. Por supuesto no se había liberado de lo que fue, de lo que era.
Sí, el coche estaba preparado.
Un hombre entró en su despacho.
-Señor –dijo su secretario-, tiene el coche en la puerta. Le esperan en Zarzuela.

Eduardo Martínez-Rico

Invitación

Ya tenemos el calor encima; hemos comenzado a disfrutar del ambiente que rodea el verano, y si no disfrutamos ya del agua de las piscinas, de los ríos o del mar, poco tiempo queda. Estos meses tienen su incomodidad, pero a casi todos nos gustan. Y el verano está teñido del espíritu de las vacaciones, ese tiempo mitad descanso y diversión, mitad aburrimiento y banalidad.
Me gustaría invitar desde aquí a todo el mundo a que haga de su verano, y de sus vacaciones en concreto, una pequeña obra maestra. Siempre recuerdo ese tedio del verano que en ocasiones me ataca, y de la ligereza insustancial de muchas de las conversaciones que salpican las vacaciones.
No todos somos filósofos, ni artistas ni pensadores, pero creo que todos podemos coger un poco de la sensibilidad que hace grandes a otros, para ensanchar nuestro espíritu, nuestra forma de mirar. Para ser más plenos y vivir la vida con más fuerza. Para hacer realidad esa frase tópica de sacarle todo el jugo a la vida.
“Todo” es difícil, pero se le puede sacar mucho. Por la parte que me toca, invito a mis lectores a leer un buen libro, no un libro cualquiera, ese libro que está leyendo todo el planeta. Eso también es interesante, pero hay que ir más allá, y un tiempo de vacaciones, con puro reposo, es un buen momento. Elegir una lectura que nos haga pensar, que no sea insoportable pero que nos forre por dentro, que nos haga mejores, una lectura que nunca olvidemos.
Invito a mis lectores a que hagan deporte, que es algo fabuloso, que paseen, que se bañen en la playa o en donde puedan. Que tomen el sol o la sombra. Que los jóvenes salgan de fiesta y se tomen copas, porque yo lo hice mucho, y todavía lo hago, algo, menos. Que lleven una vida descansada y frívola, pero que dediquen un tiempo a cultivarse y a cultivar el mundo consigo mismos. No sólo se trata de que lo exterior nos enriquezca, como ocurre con la literatura, el arte, los buenos paisajes, etc. También se trata de que nosotros enriquezcamos el mundo, con lo que mejor sabemos hacer, y con lo que nos gustaría hacer mejor.
Invito a mis lectores a que busquen y traten gente interesante, gente con una experiencia distinta y unas ideas distintas. Que piensen que han tenido todo el año para sufrir el lado malo del trabajo, para soportar o gozar –mucha gente la goza- de la rutina. Las vacaciones y el verano son una ocasión para hacer lo que no hacemos durante el año, o para hacerlo mejor, con más intensidad. Hasta el fondo.
Invito a mis lectores a que abran bien los ojos, a que no pierdan detalle de lo que tengan alrededor. Si pueden viajar a lugares hermosos, que valoren esa suerte y que la aprovechen al máximo. Si no pueden viajar que intenten extraer algo desconocido de lo que les rodea.
Que piensen. Esto parece una tontería, pero me da la sensación de que se nos anima poco a pensar, a preguntarnos, a trascender todo lo que nos rodea, a explotarnos mejor.
Yo no soy nadie para dar consejos a nadie, porque tengo muchos defectos y mi vida no es un modelo. Pero igual que puedo aprender de muchos otros, porque tengo mis carencias, pienso que otros pueden aprender de lo que yo estoy acostumbrado a hacer. Somos como somos, eso está ahí, pero también cuenta la voluntad y el esfuerzo. Lo que cada uno quiere hacer consigo mismo y con todo lo que le rodea.

(Artículo publicado en "El Norte de Castilla" el 1 de julio de 2009.)

miércoles, 1 de julio de 2009

Inmortales

¿Cuál es el secreto de la inmortalidad? Hablo de la inmortalidad histórica, la vida de la fama, como decían los antiguos, y en mi caso, porque es lo que mejor conozco, la inmortalidad literaria.
Yo les he oído a muchos escritores decir que el futuro no les importa, que lo que los demás digan sobre ellos cuando hayan muerto no les quita el sueño, porque no lo van a ver. Lo que quieren lo quieren en vida. Me parece bastante sensato, pero esto va en temperamentos.
A mí sí me importa. Creo que la mejor prueba de que lo hemos hecho bien, de que lo que hemos dicho o escrito interesa, es válido y valioso, es que atraviese la frontera del tiempo, que permanezca, que quede.
Me acuerdo que un escritor español muy famoso dijo en una entrevista que se cometían injusticias, y que no todo el mundo estaba en donde debía estar. Se refería a escritores. Entonces el entrevistador le dijo que el tiempo ponía a cada uno en su sitio, y él respondió que el tiempo también era un hijo de puta y que también se equivocaba.
Documentándome para algún libro he visto cómo personajes que eran fundamentales en una época, bastante próxima a la nuestra, hoy apenas interesan. No los recuerda nadie. Entonces fue cuando me dije que el tiempo era una trituradora de nombres.
Lo curioso es que hay escritores que no han destacado mucho en vida y que luego se vuelven inmortales, como le pasó, ¿exageradamente?, a Van Gogh en la pintura. Sánchez Dragó me explicó una vez que un escritor de prestigio, cuando muere, pasa unos años, quince, en un purgatorio literario, en un olvido o semiolvido. Si supera ese purgatorio, me dijo, le hacen inmortal.
El otro día asistí a la presentación de la Fundación Francisco Umbral en Valladolid, y coincidí en el cocktail con Fanny Rubio, una mujer de pensamientos rápidos y contundentes. Le pregunté cuántos escritores pasaban a ser inmortales. “Cinco en un siglo, en cada país. Los demás dan guerra pero desaparecen”, me contestó.
Ella es escritora y profesora y no sé qué pensará de su futuro, la vida de ultratumba. Me quedé con ganas de preguntárselo, y a lo mejor algún día se lo pregunto.
A mí me preocupa este tema, pero no como obsesión. No me levanto todas las mañanas pensando en que quiero ser inmortal, pero sí puedo decir que ése es uno de mis objetivos. Quiero que se me lea dentro de cincuenta años, un siglo, dos… siempre. El propio trabajo del escritor tiene mucho que ver con la permanencia. Uno escribe para que lo que escriba quede. El papel, o el soporte que nos toque, se escribe para siempre.
Pero eso no es lo que importa. Eso se da por descontado. Los libros cruzan el tiempo, perduran, pero hace falta que alguien los lea. Y eso es lo que yo quiero.
Tengo conciencia de que escribo para el futuro. La tengo desde hace unos años, y pienso que todo lo que escribo se revaloriza con el tiempo. Puedo escribir un libro que no se publique ahora, pero se publicará más pronto que tarde, y ya me ha pasado algunas veces. Puedo escribir un poema, un artículo, y tenga que esperar, pero al final acaba saliendo. Mi experiencia es que al final se publica todo. Que todo vale, y cada vez más.
Aspirar a la inmortalidad literaria supone una exigencia mayor en el propio trabajo, una firme creencia en uno mismo, y la convicción de que las palabras se lanzan hacia el futuro y que siempre encuentran a los que son dignos de ellas. A los que las necesitan.