Recupero esta columna publicada en El Norte de Castilla hace meses, porque me sigue gustando mucho.
LA NOVIA
Cuando termino de dar mis clases, me quedo un rato en la terraza de la Universidad a escribir un poco en este cuaderno. Fumo mi pipa y pienso en los alumnos, en lo que he dejado atrás y en lo que me espera después. Entonces, mientras tomo notas e imagino algo sobre mi próxima novela, aparece ella con su Mini rojo y me da unos pitidos desde el coche. Su Mini es precioso, brillante, nuevo y siempre lo lleva perfectamente limpio. Se asoma por la ventanilla y me sonríe, un poco pícara.
Mi novia, y no quiero dar envidia a nadie, es muy guapa. Es rubia y tiene los ojos verdes, la piel bastante pálida, y muy delgada. Sí, es delgada, tirando a alta y tiene andares de princesa. Siempre va vestida como si fuera a desfilar. Habla dulce pero tiene carácter, de vez en cuando me grita, o hace que se enfada, que es lo que suelen hacer las mujeres cuando quieren que les prestemos más atención, o las queramos más.
Mi niña es abogada en una consultora madrileña, internacional, y gana mucho más dinero que yo; pero qué digo, muchísimo más. Pero le gusta mucho tener un novio escritor y profesor, “joven y guapo”, como dice ella, “inteligente e interesante”, como dicen sus amigas. Si esto fuera verdad, no creáis que es mucha suerte; por estas cualidades me han dejado un montón de mujeres. Las dosis hay que saber manejarlas bien, y yo no sé hacerlo, al menos todavía. No se puede ser siempre un volcán, y yo lo soy. Pero a ella le da igual, disfruta conmigo, y cuando se cansa, simplemente, me sube en su Mini y me aparca en casa.
Mi novia no me deja en paz, es muy celosa. Me llama constantemente al móvil, o me escribe mensajes, y se entera siempre de a qué alumnas les he puesto notable o sobresaliente. Una vez le conté que Fernando Sánchez Dragó, cuando daba clases en Japón, ponía sobresaliente a todas las guapas, y se cree que yo hago lo mismo. No se fía de ninguna. Cuando viene a recogerme en su mini, cierro la puerta, me da un besito, “para no escandalizar”…. y me lleva a un bar de Segovia, a hablar durante toda la tarde. Cuando el trabajo se lo permite. Pero ella se las arregla para que se lo permita, porque es bastante jefa. Algunos días nos vamos a cenar por la ciudad, y disfrutamos mucho de la noche segoviana, que sin duda es mágica e inspiradora.
Sabe mucho de literatura, de filosofía, de arte, de humanidades, porque lee mucho y hace cursos de vez en cuando. Pero ya no los hace, dice, porque conmigo tiene bastante. Debe de pensar que soy un plomo. Yo le digo que hablar con un escritor es como leer, y que teniendo un novio escritor ya no necesita leer una sola línea. Supongo que cuando se harte de mí, me dejará y se pondrá a leer y hacer cursos otra vez.
A mí me gusta bailar solos, a un lado de la carretera, las manos en sus caderas, al son de una lenta canción de Kiss FM. Pero a ella le gusta más la música clásica, y a veces tengo que aguantar sus cariños al son de Carmina Burana o La Pastoral de Beethoven. Beethoven le encanta, y a mí también, pero para el amor es muy cansado.
Si mi novia no existiera, yo la inventaría. No siempre me porto bien con ella, pero la necesito como los peces necesitan el agua para vivir. Esta columna es para ella.
Eduardo Martínez-Rico
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domingo, 29 de noviembre de 2009
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