(Esta columna la publiqué ayer en "El Norte de Castilla".)
El orador ideal debe ser un hombre, nada más que un hombre pero nada menos que un hombre. Un hombre preparado para hablar, que se haya entrenado para transmitir bien unos mensajes y para producir unas reacciones en el auditorio.
Debe servir a ideales nobles, respetables, que conduzcan al bien común, y si busca sólo beneficiarse él, que al menos sus fines no perjudiquen a otros. Quintiliano decía que el rétor era "el hombre bueno adiestrado en retórica".
Debe ser auténtico y transmitir autenticidad. Debe desterrar la mentira de sus palabras, que le duela la mentira, que piense que la verdad brilla, ahora o mañana.
El orador ideal debe tener credibilidad. La credibilidad se la gana uno día a día, acción tras acción, palabra a palabra. Sólo uno es creíble cuando dice la verdad, cuando actúa de verdad.
El orador ideal se puede equivocar, y se equivoca, pero siempre quiere acertar, siempre quiere ser mejor. Falla, pero hace todo lo posible para no fallar.
Aprende de sus errores y acaba por valorar el error como el oro. Se aprende de los éxitos, pero se aprende mucho de los fracasos. Lo malo es que éstos duelen más. Hay que ser un espíritu muy elevado para saber aquilatar unos y otros.
El orador ideal, el gran orador, es consciente de su gran poder, y conoce su responsabilidad. El orador que domina su arte lo pone al servicio de los demás, de las causas justas, del bien común.
El orador ideal es un maestro en el auto-control, él que tiene tantas pasiones. El orador ideal domina el caballo que es él mismo, porque sabe que los frutos de sus palabras no se merecen su descontrol.
El orador ideal trabaja para el mañana. Sabe el poder que tiene la palabra, y cómo la palabra es una inversión que puede tardar mucho tiempo en rendir beneficios. El orador ideal cuida y mima la palabra porque sabe que en días, meses, años... esa palabra construirá algo grande. El orador ideal conoce las ideas de corto y de largo plazo como nadie. No tiene más que abrir la boca y esperar.
La palabra es un medio y un fin en la vida cotidiana. La palabra es un medio para la satisfacción del escritor y un fin para el arte. Pero la palabra es una potencia que puede dar la vida o quitarla. Todo lo que vemos en la calle, en el campo, más allá de los mares, todo se ha construído con la palabra.
El orador ideal es un pobre hombre muy estudioso, muy trabajador, muy amante de la palabra. Es un hombre feliz que sabe que también es un instrumento. Es un hombre que siente la alegría de estar vivo y la transmite.
El orador ideal sabe ser apasionado, frío, atento, meditabundo, vehemente, templado... sabe escuchar y sabe atacar. En él se ha edificado una espada, y ha tardado años de aprendizaje en conocer su funcionamiento.
El orador ideal es un hombre digno que respeta la dignidad de las personas. Conoce sus defectos y sus virtudes, se ha hecho un experto en la condición humana, aunque también en esto se puede equivocar. Se se ha buceado, ha aprendido a escuchar el alma de los demás. El orador ideal vive para sí mismo y para el mundo. No es un santo, es un hombre bueno que quiere ser mejor, pero que sabe que nunca llegará a ser tan bueno como le gustaría. Sin embargo, nunca renuncia a construir un mundo mejor.
El orador ideal ama al hombre, pero aborrece su mezquindad. Ama al hombre cuando es digno de sí mismo.
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jueves, 22 de octubre de 2009
martes, 29 de septiembre de 2009
El arte de la conferencia
(Escribí este reportaje hace algunos años, cuando empecé a dar conferencias. Es una pequeña muestra de una búsqueda, una búsqueda que se amplió tanto que ha acabado en un curso de un máster. Oír una buena conferencia es un placer; prepararla bien y darla bien lo es aún mayor, aunque puede llevar un esfuerzo tremendo, mucho mayor de lo que imagina el público. Generalmente cuando se les pregunta a los conferenciantes sobre el arte de la conferencia, no suelen decir mucho. Parece ser más algo propio de la práctica que de la teoría. Pero yo doy fe de que hay unos métodos, unos pasos y se puede aprender a hablar en público, sobre todo a hacerlo cada vez mejor.
Me acuerdo que entonces me estaba preparando para dar una conferencia, y que hablé con algunos de mis amigos escritores, buscando en sus consejos orientación. Decidí hacer un artículo. No lo publiqué entonces, pero lo publico ahora.)
“Cuando estás ahí arriba y te ves solo... entonces es cuando sabes si funcionas o no funcionas”, afirma Alberto Vázquez-Figueroa. Hablar en público sobre un tema acordado, ante un grupo de personas muy interesadas en lo que se va a hablar, o en la persona que habla, un público muy exigente, no es nada fácil; por eso a los mejores comunicadores no les falta nunca trabajo.
“Todos los escritores damos conferencias, porque no nos queda más remedio”, dice José Luis Olaizola, “pero son mi bestia negra”. Enfrentarse a los propios miedos, y transmitir las ideas y los sentimientos que tal vez son resultado de muchos años de estudio y de experiencia, en eso parece consistir una conferencia.
El doctor José Antonio Vallejo-Nájera, que tenía fama de gran conferenciante, escribió sobre este tema un auténtico best-seller, Aprender a hablar en público hoy, donde destacaba un consejo primero y fundamental: “Ser breve”. Esto lo completa su gran amigo José Luis Olaizola con la siguiente conclusión: “La atención humana no da para más de cuarenta minutos, y por lo tanto ése es el tiempo límite que me doy para mis conferencias.” Vallejo Nájera, además, aconsejaba compensar las limitaciones con la sinceridad y la autenticidad.
Lo que parece más importante, más que el tema y más que el enfoque, es el público. “Para mí, el primer consejo es pensar en el público, ponerse a su nivel y darle lo que pide; el humor suele funcionar muy bien”, dice Miguel Martínez-Lage, experto en literatura inglesa y prestigioso traductor. En realidad, para casi todos los escritores consultados, la clave es el público.
El escritor y catedrático de Cine, con fama de gran conferenciante, Agustín Sánchez Vidal apunta en la misma dirección. La conferencia viene a ser como un piano: “Uno va tocando distintas teclas y va viendo cuáles hacen reaccionar al público y cuáles no. En función de esa radiografía sobre la marcha, ajusto el estilo y el ritmo de la exposición.”
Esto lo confirma Vázquez-Figueroa: “Yo entro en el lugar de la conferencia y observo al público, y procuro darles lo que me pide.” Según el autor de Tuareg hay otra clave fundamental para conseguir que el auditorio reaccione: olvidarse de los folios. “Leer es fatal.”
“Hay que mirar al público, acercarse lo más posible el micrófono y mostrar gran seguridad”, dice David Felipe Arranz, joven periodista radiofónico. Pero el primer consejo que daría José Luis Olaizola a un conferenciante novato es trabajar bien lo que se va a decir: “Creo que la mejor preparación es la mejor improvisación, que hay que preparar las conferencias meticulosamente; a los que no se las preparan se les nota demasiado. Yo las escribo antes y luego las voy puliendo; por ejemplo, procuro poner una anécdota por folio. Las he dado sobre todo lo imaginable, desde los temas de mis libros a la familia.”
En el gremio de los escritores no están muy bien vistas; se considera que es un recurso para ganar dinero en un mundo donde esos recursos son escasos. Agustín Sánchez Vidal nos cuenta una gran ventaja de la conferencia para el escritor: “Ayuda a pulir la escritura; en una conferencia se ve muy bien lo que funciona y lo que no.”
Eduardo Martínez-Rico
Me acuerdo que entonces me estaba preparando para dar una conferencia, y que hablé con algunos de mis amigos escritores, buscando en sus consejos orientación. Decidí hacer un artículo. No lo publiqué entonces, pero lo publico ahora.)
“Cuando estás ahí arriba y te ves solo... entonces es cuando sabes si funcionas o no funcionas”, afirma Alberto Vázquez-Figueroa. Hablar en público sobre un tema acordado, ante un grupo de personas muy interesadas en lo que se va a hablar, o en la persona que habla, un público muy exigente, no es nada fácil; por eso a los mejores comunicadores no les falta nunca trabajo.
“Todos los escritores damos conferencias, porque no nos queda más remedio”, dice José Luis Olaizola, “pero son mi bestia negra”. Enfrentarse a los propios miedos, y transmitir las ideas y los sentimientos que tal vez son resultado de muchos años de estudio y de experiencia, en eso parece consistir una conferencia.
El doctor José Antonio Vallejo-Nájera, que tenía fama de gran conferenciante, escribió sobre este tema un auténtico best-seller, Aprender a hablar en público hoy, donde destacaba un consejo primero y fundamental: “Ser breve”. Esto lo completa su gran amigo José Luis Olaizola con la siguiente conclusión: “La atención humana no da para más de cuarenta minutos, y por lo tanto ése es el tiempo límite que me doy para mis conferencias.” Vallejo Nájera, además, aconsejaba compensar las limitaciones con la sinceridad y la autenticidad.
Lo que parece más importante, más que el tema y más que el enfoque, es el público. “Para mí, el primer consejo es pensar en el público, ponerse a su nivel y darle lo que pide; el humor suele funcionar muy bien”, dice Miguel Martínez-Lage, experto en literatura inglesa y prestigioso traductor. En realidad, para casi todos los escritores consultados, la clave es el público.
El escritor y catedrático de Cine, con fama de gran conferenciante, Agustín Sánchez Vidal apunta en la misma dirección. La conferencia viene a ser como un piano: “Uno va tocando distintas teclas y va viendo cuáles hacen reaccionar al público y cuáles no. En función de esa radiografía sobre la marcha, ajusto el estilo y el ritmo de la exposición.”
Esto lo confirma Vázquez-Figueroa: “Yo entro en el lugar de la conferencia y observo al público, y procuro darles lo que me pide.” Según el autor de Tuareg hay otra clave fundamental para conseguir que el auditorio reaccione: olvidarse de los folios. “Leer es fatal.”
“Hay que mirar al público, acercarse lo más posible el micrófono y mostrar gran seguridad”, dice David Felipe Arranz, joven periodista radiofónico. Pero el primer consejo que daría José Luis Olaizola a un conferenciante novato es trabajar bien lo que se va a decir: “Creo que la mejor preparación es la mejor improvisación, que hay que preparar las conferencias meticulosamente; a los que no se las preparan se les nota demasiado. Yo las escribo antes y luego las voy puliendo; por ejemplo, procuro poner una anécdota por folio. Las he dado sobre todo lo imaginable, desde los temas de mis libros a la familia.”
En el gremio de los escritores no están muy bien vistas; se considera que es un recurso para ganar dinero en un mundo donde esos recursos son escasos. Agustín Sánchez Vidal nos cuenta una gran ventaja de la conferencia para el escritor: “Ayuda a pulir la escritura; en una conferencia se ve muy bien lo que funciona y lo que no.”
Eduardo Martínez-Rico
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sábado, 26 de septiembre de 2009
¿Y tú qué buscas?
¿Y tú qué buscas? Busco la siguiente palabra, la siguiente imagen, el próximo poema, la siguiente historia... La vida proyectada en palabras, milagro cotidiano, asequible, personal y colectivo. Son algunas cosas que busco.
jueves, 24 de septiembre de 2009
La clase
La palabra se eleva, luego se mantiene llana y comparte. Lo mismo indaga el origen del hombre que recuerda una época de discursos. Habla de poetas y de versos, recita poemas, indaga, conecta y comunica.
La palabra responde y pregunta, dialoga. Dice que para hablar bien lo mejor es leer, y que el mejor libro siempre es un clásico, de cualquier época y de cualquier lengua.
La palabra habla de idiomas, de libros electrónicos, de códices, de seres humanos que aman, amaron y amarán la palabra. De la diferencia entre poseerla y no poseerla. La palabra habla del dominio del lenguaje y dice que es cuestión de tiempo. Se muestra abierta, amena, siempre escuchando, siempre respondiendo. Es la buena imagen de sí misma, busca comunicar, deleitar, enseñar. Saber. La palabra se convierte en comunidad, la palabra se encarna en una, dos, muchas personas para celebrar una fiesta.
(Después de una clase con Luis Alberto de Cuenca y mis alumnos del IMBA del Instituto de Empresa.)
La palabra responde y pregunta, dialoga. Dice que para hablar bien lo mejor es leer, y que el mejor libro siempre es un clásico, de cualquier época y de cualquier lengua.
La palabra habla de idiomas, de libros electrónicos, de códices, de seres humanos que aman, amaron y amarán la palabra. De la diferencia entre poseerla y no poseerla. La palabra habla del dominio del lenguaje y dice que es cuestión de tiempo. Se muestra abierta, amena, siempre escuchando, siempre respondiendo. Es la buena imagen de sí misma, busca comunicar, deleitar, enseñar. Saber. La palabra se convierte en comunidad, la palabra se encarna en una, dos, muchas personas para celebrar una fiesta.
(Después de una clase con Luis Alberto de Cuenca y mis alumnos del IMBA del Instituto de Empresa.)
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martes, 15 de septiembre de 2009
El Valor de la Palabra
Necesitamos las palabras. Las necesitamos para vivir, para trabajar, para relacionarnos. La palabra tiene distintos niveles y distintos usos según para qué la necesitemos, pero su buen uso, la sabiduría con que la empleemos, nos puede abrir muchas puertas que pensábamos que siempre iban a estar cerradas.
Los políticos nos seducen con la palabra, y cada vez peor, por cierto, en España. Las mejores ideas se exponen con las mejores palabras. Un buen escritor tiene mucho perdido si no es un buen conferenciante. Un buen directivo precisa como el agua tener un dominio aceptable de la palabra para transmitir sus logros y proyectos.
Son pocos los grandes líderes que no hayan sido grandes oradores: Churchill, Gandhi, Kennedy… Como si el corazón y las ideas latieran al unísono del dominio de la palabra. No se puede arrastrar a la gente a los mejores objetivos, si no los convencemos con la palabra.
Vivimos una época que ha descuidado las Humanidades; las ha dejado abandonadas en el desván. Una buena cultura, unas inquietudes dinámicas, la práctica persistente en la palabra y el dominio en el propio campo profesional, es suficiente para convertirse en un muy buen orador.
Esto no se consigue de la noche a la mañana, pero en un curso, una asignatura de Máster, se pueden conseguir grandes avances, un cambio de actitud.
La palabra tiene valor, resiste el tiempo, es mucho más perenne que nosotros los hombres. Las mejores palabras de los mejores hombres se han conservado en todo tipo de soportes. Creo que es una inconsciencia de nuestra sociedad el haber descuidado, ya desde primaria, este tesoro del hombre. Hay que saber, pero sobre todo hay que ponerse y practicar.
El mejor ejemplo del valor de la palabra es muy reciente: Barack Obama, el nuevo presidente de los Estados Unidos de América. Obama tiene una gran formación, es carismático, posee otras virtudes, pero es un consumado orador. Una vez pasada la campaña electoral ya nos hemos olvidado de esto, pero sus discursos consiguieron encender a su nación.
La Retórica tiene mala prensa porque la han malversado, pero es un instrumento ideal para ser mejor profesional, para llegar mejor al otro. Yo propongo una retórica moderna y flexible, adaptada a todos los terrenos. En la vida utilizamos las palabras constantemente, y cada vez más. ¿Cuándo hemos escrito más sino ahora, con tanto e-mail y SMS? Y sin embargo, muchos lo hacen mal. No saben que cuando escriben un mensaje su rostro son las palabras que lee el destinatario. No es cuestión de saber escribir, es cuestión de saber presentarse, de presentar lo que somos y lo que queremos ser.
Hablamos constantemente por teléfono, no paramos de realizar entrevistas de trabajo, revisamos nuestro e-mail día y noche. Yo quiero enseñar a hacer todo esto, a utilizar la palabra en la vida cotidiana, lo mejor posible. Que la palabra no sea un obstáculo, sino el perfecto aliado. Y que nos lleve a las mejores metas, a nosotros y a los que dependen de nosotros.
Eduardo Martínez-Rico
(Artículo publicado en la revista "Ideas", editada por el Instituto de Empresa, en su número 106, verano de 2009.)
Los políticos nos seducen con la palabra, y cada vez peor, por cierto, en España. Las mejores ideas se exponen con las mejores palabras. Un buen escritor tiene mucho perdido si no es un buen conferenciante. Un buen directivo precisa como el agua tener un dominio aceptable de la palabra para transmitir sus logros y proyectos.
Son pocos los grandes líderes que no hayan sido grandes oradores: Churchill, Gandhi, Kennedy… Como si el corazón y las ideas latieran al unísono del dominio de la palabra. No se puede arrastrar a la gente a los mejores objetivos, si no los convencemos con la palabra.
Vivimos una época que ha descuidado las Humanidades; las ha dejado abandonadas en el desván. Una buena cultura, unas inquietudes dinámicas, la práctica persistente en la palabra y el dominio en el propio campo profesional, es suficiente para convertirse en un muy buen orador.
Esto no se consigue de la noche a la mañana, pero en un curso, una asignatura de Máster, se pueden conseguir grandes avances, un cambio de actitud.
La palabra tiene valor, resiste el tiempo, es mucho más perenne que nosotros los hombres. Las mejores palabras de los mejores hombres se han conservado en todo tipo de soportes. Creo que es una inconsciencia de nuestra sociedad el haber descuidado, ya desde primaria, este tesoro del hombre. Hay que saber, pero sobre todo hay que ponerse y practicar.
El mejor ejemplo del valor de la palabra es muy reciente: Barack Obama, el nuevo presidente de los Estados Unidos de América. Obama tiene una gran formación, es carismático, posee otras virtudes, pero es un consumado orador. Una vez pasada la campaña electoral ya nos hemos olvidado de esto, pero sus discursos consiguieron encender a su nación.
La Retórica tiene mala prensa porque la han malversado, pero es un instrumento ideal para ser mejor profesional, para llegar mejor al otro. Yo propongo una retórica moderna y flexible, adaptada a todos los terrenos. En la vida utilizamos las palabras constantemente, y cada vez más. ¿Cuándo hemos escrito más sino ahora, con tanto e-mail y SMS? Y sin embargo, muchos lo hacen mal. No saben que cuando escriben un mensaje su rostro son las palabras que lee el destinatario. No es cuestión de saber escribir, es cuestión de saber presentarse, de presentar lo que somos y lo que queremos ser.
Hablamos constantemente por teléfono, no paramos de realizar entrevistas de trabajo, revisamos nuestro e-mail día y noche. Yo quiero enseñar a hacer todo esto, a utilizar la palabra en la vida cotidiana, lo mejor posible. Que la palabra no sea un obstáculo, sino el perfecto aliado. Y que nos lleve a las mejores metas, a nosotros y a los que dependen de nosotros.
Eduardo Martínez-Rico
(Artículo publicado en la revista "Ideas", editada por el Instituto de Empresa, en su número 106, verano de 2009.)
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sábado, 12 de septiembre de 2009
Mi orador
-El orador ideal debe ser un hombre, nada más que un hombre pero nada menos que un hombre. Un hombre preparado para hablar, que se haya entrenado para transmitir bien unos mensajes y para producir unas reacciones en el auditorio.
-El orador ideal debe servir a ideales nobles, respetables, que conduzcan al bien común, y si busca sólo beneficiarse él, que al menos sus fines no perjudiquen a otros. Quintiliano decía que el rétor era "el hombre bueno adiestrado en retórica". El orador debe ser un hombre bueno.
-Debe ser auténtico y transmitir autenticidad. Debe desterrar la mentira de sus palabras, que le duela la mentira cuando incurre en ella, que piense que la verdad brilla, ahora o mañana.
-El orador ideal debe tener credibilidad. La credibilidad se la gana uno día a día, trabajo a trabajo, acción tras acción, palabra a palabra. Sólo uno es creíble cuando dice la verdad, cuando actúa de verdad.
-El orador ideal se puede equivocar, y se equivoca, pero siempre quiere acertar, siempre quiere ser mejor de lo que es. El orador falla, pero hace todo lo posible para no fallar.
-Aprende de sus errores y acaba por valorar el error como el oro. Se aprende de los éxitos, por supuesto, pero se aprende mucho de los fracasos. Lo malo es que éstos duelen mucho más. Hay que ser un espíritu muy elevado para saber aquilatar unos y otros.
-El orador ideal, el gran orador, es consciente de su gran poder, y sabe que un gran poder entraña una gran responsabilidad. El orador que domina su arte lo pone al servicio de los demás, de las causas justas, del beneficio del bien común.
-El orador ideal es un maestro en el auto-control, él que tiene tantas pasiones. El orador ideal domina el caballo que es él mismo, porque sabe que los frutos de sus palabras no se merecen su descontrol.
-El orador ideal trabaja para el mañana. Sabe el poder que tiene la palabra, y cómo la palabra es una inversión que puede tardar mucho tiempo en rendir beneficios. El orador ideal, consciente del valor de su palabra, y de lo que ella significa, cuida y mima la palabra porque sabe que en días, meses, años... esa palabra construirá algo grande.
-El orador ideal conoce las ideas de corto y de largo plazo como nadie. No tiene más que abrir la boca y esperar. O recoger el fruto de lo que hace años sembró.
-La palabra es un medio y un fin en la vida cotidiana. La palabra es un medio para la satisfacción del escritor y un fin para el arte. Pero la palabra es una potencia que puede dar la vida o quitarla. Todo lo que vemos en la calle, en el campo, más allá de los mares, todo se ha construído con la palabra.
-El orador ideal es un pobre hombre muy estudioso, muy trabajador, muy amante de la palabra. Es un hombre feliz que sabe que también es un instrumento. Es un hombre que siente la alegría de estar vivo y la transmite.
-El orador ideal sabe ser apasionado, frío, atento, meditabundo, vehemente, templado... sabe escuchar cuando corresponde, y sabe incluso atacar cuando es necesario. En él se ha edificado una espada, y ha tardado años de aprendizaje en conocer su funcionamiento.
-El orador ideal es un hombre digno que respeta la dignidad de las personas.
-Conoce sus defectos y sus virtudes, se ha hecho un experto en la condición humana, aunque también en esto se puede equivocar. Se ha auscultado a sí mismo, se ha buceado, ha aprendido a escuchar el alma de los demás. El orador ideal vive para sí mismo y para el mundo. No es un santo, es un hombre bueno que quiere ser mejor, pero que sabe que nunca llegará a ser tan bueno como le gustaría. Sin embargo, nunca renuncia a construir un mundo mejor.
-El orador ideal ama al hombre, pero aborrece su mezquindad.
-El orador idea ama al hombre cuando es digno de sí mismo.
-El orador ideal debe servir a ideales nobles, respetables, que conduzcan al bien común, y si busca sólo beneficiarse él, que al menos sus fines no perjudiquen a otros. Quintiliano decía que el rétor era "el hombre bueno adiestrado en retórica". El orador debe ser un hombre bueno.
-Debe ser auténtico y transmitir autenticidad. Debe desterrar la mentira de sus palabras, que le duela la mentira cuando incurre en ella, que piense que la verdad brilla, ahora o mañana.
-El orador ideal debe tener credibilidad. La credibilidad se la gana uno día a día, trabajo a trabajo, acción tras acción, palabra a palabra. Sólo uno es creíble cuando dice la verdad, cuando actúa de verdad.
-El orador ideal se puede equivocar, y se equivoca, pero siempre quiere acertar, siempre quiere ser mejor de lo que es. El orador falla, pero hace todo lo posible para no fallar.
-Aprende de sus errores y acaba por valorar el error como el oro. Se aprende de los éxitos, por supuesto, pero se aprende mucho de los fracasos. Lo malo es que éstos duelen mucho más. Hay que ser un espíritu muy elevado para saber aquilatar unos y otros.
-El orador ideal, el gran orador, es consciente de su gran poder, y sabe que un gran poder entraña una gran responsabilidad. El orador que domina su arte lo pone al servicio de los demás, de las causas justas, del beneficio del bien común.
-El orador ideal es un maestro en el auto-control, él que tiene tantas pasiones. El orador ideal domina el caballo que es él mismo, porque sabe que los frutos de sus palabras no se merecen su descontrol.
-El orador ideal trabaja para el mañana. Sabe el poder que tiene la palabra, y cómo la palabra es una inversión que puede tardar mucho tiempo en rendir beneficios. El orador ideal, consciente del valor de su palabra, y de lo que ella significa, cuida y mima la palabra porque sabe que en días, meses, años... esa palabra construirá algo grande.
-El orador ideal conoce las ideas de corto y de largo plazo como nadie. No tiene más que abrir la boca y esperar. O recoger el fruto de lo que hace años sembró.
-La palabra es un medio y un fin en la vida cotidiana. La palabra es un medio para la satisfacción del escritor y un fin para el arte. Pero la palabra es una potencia que puede dar la vida o quitarla. Todo lo que vemos en la calle, en el campo, más allá de los mares, todo se ha construído con la palabra.
-El orador ideal es un pobre hombre muy estudioso, muy trabajador, muy amante de la palabra. Es un hombre feliz que sabe que también es un instrumento. Es un hombre que siente la alegría de estar vivo y la transmite.
-El orador ideal sabe ser apasionado, frío, atento, meditabundo, vehemente, templado... sabe escuchar cuando corresponde, y sabe incluso atacar cuando es necesario. En él se ha edificado una espada, y ha tardado años de aprendizaje en conocer su funcionamiento.
-El orador ideal es un hombre digno que respeta la dignidad de las personas.
-Conoce sus defectos y sus virtudes, se ha hecho un experto en la condición humana, aunque también en esto se puede equivocar. Se ha auscultado a sí mismo, se ha buceado, ha aprendido a escuchar el alma de los demás. El orador ideal vive para sí mismo y para el mundo. No es un santo, es un hombre bueno que quiere ser mejor, pero que sabe que nunca llegará a ser tan bueno como le gustaría. Sin embargo, nunca renuncia a construir un mundo mejor.
-El orador ideal ama al hombre, pero aborrece su mezquindad.
-El orador idea ama al hombre cuando es digno de sí mismo.
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martes, 8 de septiembre de 2009
Algo olvidado
(Esta columna la publiqué en "El Norte de Castilla" hace ya bastantes meses, cuando empecé a preparar mi curso "El Valor de la Palabra", para el IMBA del Instituto de Empresa. Se me ha ocurrido publicarla ahora en el blog, quizá porque estoy totalmente inmerso en este tema, pero también porque pienso que es un tema perenne. La palabra es esencial, nos puede ayudar mucho, y nos puede perjudicar. Ha estado muy olvidada, como si la diéramos por supuesta, pero todas las personas a las que les contaba mi idea de curso, mostraban la importancia de la palabra, y la utilidad de enseñarla y aprenderla.
Llevo muchos años escribiendo; mi caso es un caso claro de vocación literaria. Vivo todo el día con la palabra, y hay noches que me sorprendo soñando con que leo o escribo. No hace falta ser un profesional de la palabra, para ser conscientes de su importancia. Que nunca más volvamos a olvidar la palabra.)
Ando estos días leyendo a Aristóteles, a Cicerón, a Quintiliano y a algún autor moderno. Hace unos meses me propusieron crear una asignatura para un máster a partir de lo que yo sé y hago. Entonces caí en la cuenta de que me gano la vida con las palabras: escribiendo, hablando, leyendo… Todo lo que hago es mediante palabras, en libros, artículos, clases y conferencias. Creo mucho en las palabras, y considero que todos, no sólo yo, nos ganamos la vida con ellas. No sólo trabajamos con palabras, sino que también nos relacionamos, amamos, nos equivocamos, creamos, con palabras.
¿Cuántas veces al día hablamos por teléfono? ¿Cuántos e-mails escribimos todas las mañanas? ¿Si queremos enamorar a alguien, qué utilizamos principalmente? Los políticos, ¿qué hacen para ganar nuestro voto? Toda nuestra vida gira en torno a las palabras, y creo que no se le ha dado la importancia que merecen.
Las palabras tienen mucha fuerza, y hay que saber utilizarlas. Tan importantes son nuestros conocimientos, y el mundo que cada uno lleva dentro, como nuestro espíritu, nuestra pasión. Bien canalizado todo eso es muy potente, y las palabras nos ayudan a ello.
La retórica se ocupaba de este tema, pero la idea de mi asignatura iba más allá de la retórica tradicional. Yo quería crear una sensibilidad mayor hacia las humanidades, pero también hacia el periodismo, todo lo que se expresa con palabras. Y no me quería, no me quiero reducir a la palabra escrita, sino ir a todas las formas actuales que toma la palabra. Ya digo, el e-mail, el teléfono, el informe que siempre tenemos que escribir, la presentación que estamos obligados a hacer y que tanta vergüenza nos da, o nos daba. Es un universo infinito, que si dominamos medianamente nos hace más completos, competitivos –ahora que está tan de moda la competición-, más personas y mejor comunicadores.
Mi idea era global, integral, total. Pero no era tan original como yo pensaba. Hojeando en una librería a los autores que han escrito sobre retórica, me encontré con Quintiliano, quizá el máximo autor sobre este tema. Quintiliano había pensado lo mismo que yo dos mil años antes, pero él lo había sistematizado. Quintiliano pensaba que el “arte del bien decir”, que eso es la retórica, debía ocupar toda la formación de una persona, desde la niñez a la edad adulta. Y aquí encontramos la clave: para hablar bien, para escribir bien, necesitamos haber leído mucho, haber escuchado mucho, haber viajado, haber vivido…
Yo no soy un rétor, y la retórica me da un poco de miedo. Encuentro apasionante el planteamiento, las ideas, la ayuda que nos puede proporcionar, pero no me quiero convertir en una máquina de reglas, de aprenderlas y aplicarlas. Me gusta la libertad, la naturalidad, y creo que ésa es una de mis grandes conquistas. Me gusta escribir sencillo, que todos me entiendan, llegar al otro y tratar de explicar lo más complicado de la forma más llana. Pero la idea central de la retórica, que puede abarcar todos los aspectos de nuestra vida, no es otra que la de la buena comunicación. ¿Cómo puedo transmitir a los demás lo que quiero decir? Mis ideas, mis pensamientos, mis anhelos, mis sentimientos.
A escribir se aprende durante largos años de esfuerzo. A hablar, si nos fijamos, también. La retórica, bien entendida, puede ser una pieza que complete muchas otras. No es sólo aprender a hablar, es hacerse con un gran océano, que no es otro que nosotros mismos y aprender a dominarlo. Quien consigue esto experimenta un gran placer, una íntima satisfacción, y además ve cómo sus logros son reconocidos.
(Columna publicada en "El Norte de Castilla".)
Llevo muchos años escribiendo; mi caso es un caso claro de vocación literaria. Vivo todo el día con la palabra, y hay noches que me sorprendo soñando con que leo o escribo. No hace falta ser un profesional de la palabra, para ser conscientes de su importancia. Que nunca más volvamos a olvidar la palabra.)
Ando estos días leyendo a Aristóteles, a Cicerón, a Quintiliano y a algún autor moderno. Hace unos meses me propusieron crear una asignatura para un máster a partir de lo que yo sé y hago. Entonces caí en la cuenta de que me gano la vida con las palabras: escribiendo, hablando, leyendo… Todo lo que hago es mediante palabras, en libros, artículos, clases y conferencias. Creo mucho en las palabras, y considero que todos, no sólo yo, nos ganamos la vida con ellas. No sólo trabajamos con palabras, sino que también nos relacionamos, amamos, nos equivocamos, creamos, con palabras.
¿Cuántas veces al día hablamos por teléfono? ¿Cuántos e-mails escribimos todas las mañanas? ¿Si queremos enamorar a alguien, qué utilizamos principalmente? Los políticos, ¿qué hacen para ganar nuestro voto? Toda nuestra vida gira en torno a las palabras, y creo que no se le ha dado la importancia que merecen.
Las palabras tienen mucha fuerza, y hay que saber utilizarlas. Tan importantes son nuestros conocimientos, y el mundo que cada uno lleva dentro, como nuestro espíritu, nuestra pasión. Bien canalizado todo eso es muy potente, y las palabras nos ayudan a ello.
La retórica se ocupaba de este tema, pero la idea de mi asignatura iba más allá de la retórica tradicional. Yo quería crear una sensibilidad mayor hacia las humanidades, pero también hacia el periodismo, todo lo que se expresa con palabras. Y no me quería, no me quiero reducir a la palabra escrita, sino ir a todas las formas actuales que toma la palabra. Ya digo, el e-mail, el teléfono, el informe que siempre tenemos que escribir, la presentación que estamos obligados a hacer y que tanta vergüenza nos da, o nos daba. Es un universo infinito, que si dominamos medianamente nos hace más completos, competitivos –ahora que está tan de moda la competición-, más personas y mejor comunicadores.
Mi idea era global, integral, total. Pero no era tan original como yo pensaba. Hojeando en una librería a los autores que han escrito sobre retórica, me encontré con Quintiliano, quizá el máximo autor sobre este tema. Quintiliano había pensado lo mismo que yo dos mil años antes, pero él lo había sistematizado. Quintiliano pensaba que el “arte del bien decir”, que eso es la retórica, debía ocupar toda la formación de una persona, desde la niñez a la edad adulta. Y aquí encontramos la clave: para hablar bien, para escribir bien, necesitamos haber leído mucho, haber escuchado mucho, haber viajado, haber vivido…
Yo no soy un rétor, y la retórica me da un poco de miedo. Encuentro apasionante el planteamiento, las ideas, la ayuda que nos puede proporcionar, pero no me quiero convertir en una máquina de reglas, de aprenderlas y aplicarlas. Me gusta la libertad, la naturalidad, y creo que ésa es una de mis grandes conquistas. Me gusta escribir sencillo, que todos me entiendan, llegar al otro y tratar de explicar lo más complicado de la forma más llana. Pero la idea central de la retórica, que puede abarcar todos los aspectos de nuestra vida, no es otra que la de la buena comunicación. ¿Cómo puedo transmitir a los demás lo que quiero decir? Mis ideas, mis pensamientos, mis anhelos, mis sentimientos.
A escribir se aprende durante largos años de esfuerzo. A hablar, si nos fijamos, también. La retórica, bien entendida, puede ser una pieza que complete muchas otras. No es sólo aprender a hablar, es hacerse con un gran océano, que no es otro que nosotros mismos y aprender a dominarlo. Quien consigue esto experimenta un gran placer, una íntima satisfacción, y además ve cómo sus logros son reconocidos.
(Columna publicada en "El Norte de Castilla".)
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