Cuando mi país era un imperio, una gran muralla lo rodeaba por entero. La muralla estaba vigilada por miles de arqueros que se relevaban unos a otros. Carros llenos de comida recorrían el interior de la muralla para aprovisionarlos. Esto fue hace mucho tiempo. Un día, los rolios penetraron la muralla, la ensancharon y penetraron con inmensos animales nunca vistos en mi país. Eran como ratas gigantes montadas por los soldados del invasor, y sus ojos eran como los de las moscas cuando se miran muy de cerca, grandísimos y brillantes.
Tuvieron éxito. Lo que fue un imperio, mi país, ahora es un pequeño territorio al noreste de Rolia, que consiguió anexionar nuestro inmenso territorio. La pulga sometió al león y lo parasitó. Algunos, no muchos, suspiran por la grandeza de mi tierra, y me animan a hacer algo, pero no sé qué hacer, aún no sé qué hacer.
La corona del gran Imperio de Lesteria fue pasando en silencio, de generación en generación, de heredero a heredero, entre proscritos. Ahora soy yo el heredero de Lesteria. Estamos hartos de ser esclavos encubiertos, de ser una especie de enclave turístico para los estudiantes de Rolia. Pero mi pueblo, reducido y anestesiado, no está preparado para una revolución.
Rezo a Dios todas las noches, todas las mañanas, al acostarme y al despertarme, para que salte la chispa de la libertad.
E.M.R.
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domingo, 4 de octubre de 2009
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